El glaucoma es una enfermedad degenerativa causada por el aumento de la presión intraocular (PIO), es decir, la tensión ocular. Este aumento de la PIO, debido a la falta de drenaje del humor acuoso, puede dañar el nervio óptico y la retina, provocando la muerte de parte de las células responsables de la visión.
Al glaucoma se le conoce como la “enfermedad silenciosa”, ya que, en principio, el incremento de la PIO no produce ningún síntoma. Cuando el glaucoma ha avanzado es cuando el paciente puede empezar a percibir síntomas, tales como: disminución del campo visual periférico, dolores de cabeza y ligeros trastornos visuales como ver halos alrededor de la luz eléctrica o tener dificultad para adaptarse a la oscuridad.

Generalmente, el paciente acude al médico oftalmólogo o al óptico optometrista cuando detecta que su campo de visión ha disminuido, momento en el que ya es tarde y puede que haya perdido hasta el 40% de visión.

Para prevenir esta enfermedad lo mejor es llevar un control de la PIO, mediante la realización de una tonometría. Para ello puede acudir a la óptica o a un médico oftalmólogo. Es una prueba rápida e indolora con la cual se puede detectar posibles casos de glaucoma e iniciar un tratamiento inmediato para frenar su desarrollo.

A partir de los 40 años de edad se recomienda empezar a controlar la PIO; en casos en los que haya antecedentes familiares, personas con diabetes o personas con miopía magna, la prueba deberá realizarse a partir de los 20 años.

Cabe destacar que esta enfermedad no tiene cura, pero se puede evitar su progresión y, como consecuencia, la pérdida de visión, mediante un tratamiento a base de gotas o, en última instancia, mediante cirugía. Por ello, es muy importante realizar tonometrías de forma periódica para detectar a tiempo el glaucoma.